La Costa Tropical: Dulces historias

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De cara al Mediterráneo, Motril despide historias de azúcar. Se recomiendo no faltar a la cita puntual en la casa de la Palma para ver los bien llamados restos arqueológicos del único ingenio azucarero preindustrial de toda España. Esto era la Casa del Reloj de Vitoria. Pero luego se puso a la hora del azúcar turístico, que aquí lo llena casi todo, y la casa quedó sujeta a un horario de visita, como buen museo.

En el Parque de los Pueblos de América renace el exotismo perdido. Ensopado de sol y sombra, el caminante se embarca en una aventura vegetal que no lleva a ninguna parte. Pero nunca falta la palabra que lo mueve todo. “La cultura del azúcar es cosa nuestra”, observa una voz tropical. En la época nazarí, la caña tenía poca salida. La llegada de los castellanos dio alas al desarrollo de la industria azucarera: a finales del siglo XVI, Motril contaba con once ingenios. Ahora en un solo museo se las ingenian para sacar jugo de donde no hay. Menos mal que aquí no cuesta la torta un pan. La torta real es un dulce de fabricación secreta. Y la torta de al-Haju también sabe a dulce. Como la cazuela de San Juan, de origen andalusí.

A nadie le amarga un dulce. Pero si alguien ofrece una salamandroña no está de más preguntar por la cantidad de azúcar que lleva. “Solo sardinas, calabaza, ajo, pimientos y sal”, se anuncia. Y uno ya siente ganas de admirar ese plato que sólo de oírlo quita el empalago de encima.

Pero lo que quita la cabeza es Nuestra Señora de la Cabeza, la patrona de Motril. Una santísima Virgen que aparece en un santuario construido sobre el palacio de verano de la sultana Aixa, madre de Boabdil y mujer de Muley Hasen.

Aquí hay que acercarse en son de paz y tranquilidad a La Rábita y bajar por las pequeñas calas de la costa. Castell de Ferro es pura confitura. De camino a Salobreña, el azúcar vuelve a dar caña. La fábrica azucarera de Nuestra Señora del Rosario sigue funcionando desde 1861.

De la sierra del Chaparral se tiene una linda vista de la vega del río Guadalfeo. El yacimiento del Gran Capitán llama a engaño: da simplemente nombre a una cueva del neolítico. En el Peñón yacen los restos de la ciudad fenicia de Selambina.

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