La Casa de la Columna

  • La Casa de la Columna

Dos años hacía que Boabdil abandonara Granada. Con él marcharon los más leales a su persona. En la ciudad quedaron solo los que prefirieron seguir disfrutando sus comodidades, mejor que sufrir en los arenosos desiertos del África las inclemencias de aquella tierra, y los dolorosos recuerdos de un pasado feliz y delicioso. El feroz Audallah, de la tribu de los Gomérez, prefirió acompañar al rey en su desventura, y eso que dejaba en Granada lo que más amaba, a su adorada Leila, que no podía abandonar la ciudad, pues su padre prefería morir en el palacio de sus mayores, que dando pruebas de lealtad a sus reyes, perecer quizás olvidado al otro lado del Estrecho.

Dolorosa fue la separación de los dos amantes. Leila permaneció largo rato contemplando a su amante que desaparecía, y en un gran ajimez partido por una columna de blanco mármol, vertía lágrimas de amargura, creyéndose para siempre separada de su adorado Gbmer. Sin embargo, recordaba en medio de sus amarguras que este le había alentado para que siempre conservase esperanza en el porvenir.

Triste y meditabunda pasó todo un año la doncella. Nadie lograba arrancarle de sus eternos pensamientos y en el ajimez de la columna pasaba los días enteros recordando aquel en el que se despidió Audailah.

Insensible a los encantos de otro amor, soñaba con su dicha, al otro lado de los mares, cuando una mañana reparó que sobre su predilecto ajimez había anidado una amorosa pareja de golondrinas. La curiosidad le hizo reparar en una cinta que una de ellas traía pendiente del cuello y creyendo con amorosa intuición que pudiera traer noticias para ella interesantes, venidas de África, aguardó a la noche, y cogiendo al pobre pajarillo, pudo ver grabada en la cinta esta inscripción: “La ausencia mata, pero siempre aguardo”.

Su corazón no le había engañado. Esperó al otoño, y al ir a partir aquellas avecillas, colocó al cuello de la mensajera de sus esperanzas otra cinta con su letrero que decía: “Esperar es vivir”. Pero esperó en vano. Llegó la primavera, volvieron las golondrinas y ninguna nueva de amor le trajeron a la pobre doncella enamorada. Ésta enfermó agobiada por la tristeza, y cuando estaba peor de su dolencia, se presentó Audailah con séquito de esclavos. Éste siéndole imposible vivir lejos de Leíla y de Granada, venía a hacerla su esposa.

La reacción fue muy favorable. La pobre joven sanó bien pronto, se casó con el árabe, y aún refiere la tradición que todos aparecieron más tarde como cristianos, siendo desde entonces la Casa de la Columna (junto a Santa Isabel), la mansión predilecta de las golondrinas y su precioso ajimez, que aún hoy se conserva, el sitio que tuviera la enamorada pareja para recordar los sufrimientos que pasaran durante su separación.

Fuente: Leyenda y misteros Granada

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